Fuerte, independiente, valerosa, decidida, comprometida, amiga de sus amigos y trabajólica, son algunas de las características que ella, Myrta Dubost, reconoce en sí misma. Claro, porque además de ser la máxima autoridad de nuestra ciudad es una mujer y, por ende, tiene vida sentimientos y amores más allá de las responsabilidades de conducir el municipio iquiqueño.
Fuerte, independiente, valerosa, decidida, comprometida, amiga de sus amigos y trabajólica, son algunas de las características que ella, Myrta Dubost, reconoce en sí misma. Claro, porque además de ser la máxima autoridad de nuestra ciudad es una mujer y, por ende, tiene vida sentimientos y amores más allá de las responsabilidades de conducir el municipio iquiqueño.
Se auto-reconoce como una enemiga de los fallos y, cuando las cosas no resultan como ella quiere o espera, se frustra y le da vueltas al asunto hasta que descubre cuál fue el error. Partió trabajando desde muy temprana edad, a los diecisiete años ya se hacía cargo de la Pesquera Patache y comenzaba así, con su vida laboral que no ha parado desde entonces y que la ha capacitado para enfrentarse a distintos escenarios, sin limitaciones de género.
Para mí —explica sentada frente a la mesa de reuniones de su oficina—, en realidad, nunca ha sido tema lo de trabajar con hombres. Desde chica que vengo trabajando codo a codo con ellos y lo hice durante veintitrés años, mientras me hacía cargo de una planta pesquera. Me acostumbre a trabajar con hombres, sus particularidades, formas y maneras, por lo tanto, me manejo con ellos. Es decir, la cantidad de tiempo que pasé inmersa en aquel “mundo masculino”, tratando directamente con tripulantes, motoristas, pescadores, trabajadores de la planta, sindicatos y etcétera, dejaron en mí, conocimientos y aprendizajes que me “curtieron” en aquel aspecto, precisó.
Myrta Dubost es la cara visible de la ciudad y, aunque pudiera parecer que siempre quiso ser alcaldesa, por el rostro sonriente y la pro-actividad con que se desempeña en cada asunto, lo cierto es que, nunca se lo planteó. Como ella misma explica, son distintos eventos en su vida que la han conducido hasta donde está ahora.
“Yo nunca pedí entrar en el área política y, de hecho no considero mi cargo como uno político —explica mientras se reacomoda en su sitial y atiende a una de las secretarias que, como tantas veces, la solicita—. Para mí, ser alcaldesa está profundamente ligado con la gente, yo estoy en la alcaldía por el compromiso que tengo con la ciudad, su gente y sus problemas”.
La verdad —sonríe como si supiera que es curioso lo que va a confesar—, es que yo estaba feliz con mi trabajo en la pesquera (que era muy bien remunerado) y fueron tres veces las que rehusé antes de hacerme cargo de la municipalidad de Iquique, pero luego, lo tomé como un llamado impostergable y para con la ciudad. Así que me hice cargo de la municipalidad, sin saber mucho de este mundo y encontrándome con algo totalmente ajeno a lo que estaba acostumbrada, pero tampoco entonces lo consideré como un asunto político, sino que más bien, como un desafío.
- ¿Y cómo, entonces, es que terminó en el municipio?
- La alcaldesa se acomoda en el sillón y comienza a relatar los sucesos que desencadenaron en su actual puesto edilicio.
En el año 1996 trabajaba voluntariamente, aparte de mis labores en la pesquera, en la Secretaría Nacional de la Mujer, capacitábamos a mujeres, atendíamos comedores, etcétera. Así, sin darme cuenta, me involucré en el “mundillo político”, puesto que, dentro de los trabajos que realizábamos, subíamos mucho a los pueblos del interior, a conversar y solucionar los problemas de las mujeres que estaban en condiciones bastante precarias. De ese modo, mi nombre —al parecer— comenzó a sonar y me partieron llegando las propuestas que antes contaba. -
¿Algo que le haya dificultado su llegada al mundo público?
- Bueno, habiendo trabajado siempre en la empresa privada, llegar al sector público es realmente un cambio brusco. Las formas son completamente diferentes y cuesta acostumbrarse a ellas. Primero, porque el sector público no tiene la velocidad del privado; por ejemplo, en el ambiente público hay una increíble abundancia de normas, reglas, papeleo, mucha gente preocupándose por “cuidarse las espaldas” y, todo eso, gatilla en un exceso de procesos que determinan una lentitud exacerbante en la toma de decisiones.





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